La Habitación 27
—Bienvenida Al Umbral, señorita García —dijo el recepcionista con una sonrisa cortés, mientras extendía una llave de bronce algo gastada—. Su habitación es la 27, al fondo del pasillo.
Agradecí con un gesto, cargando mi maleta hacia el pequeño cuarto que sería mi hogar durante la semana que impartiría el curso en el tecnológico de Ciudad Terán. Las primeras dos noches transcurrieron sin novedad. Un ambiente silencioso, casi acogedor, donde el único sonido provenía de una fuente que goteaba con monotonía en el patio central.
Pero la tercera noche…Estaba profundamente dormida cuando un frío extraño recorrió mi cuerpo, despertándome con un sobresalto. No podía moverme. El aire se sentía pesado, y una sombra se deslizó por la habitación. Intenté enfocar la vista en la penumbra, y fue entonces cuando sentí cómo algo, o alguien, comenzaba a subir por mis pies.
—¿Quién está ahí? —quise gritar, pero la voz no me salía.
Aquella figura se arrastraba lenta, pesadamente, apretando mis piernas, avanzando hacia mi pecho. El corazón me retumbaba en las sienes, una angustia que parecía arrancar el aire de mis pulmones. Con todas mis fuerzas, giré hacia la izquierda. La lámpara estaba al alcance de mi mano, y con un último esfuerzo desesperado, encendí la luz.
Desperté jadeando, bañada en sudor. La habitación estaba vacía.
Al día siguiente, mientras tomábamos café en la sala de profesores, conté lo sucedido a Jorge, uno de los docentes. Pensé que se reiría, pero en lugar de eso, su rostro se tornó serio.
—¿Qué habitación dijiste? —preguntó, con la mirada fija.
—La 27.
Se miró con otro profesor antes de responder.
—Ese lugar tiene historia —dijo, en voz baja—. Dicen que era una hacienda, y que hace años…
—No me asustes. ¿Qué pasó?
—Un general descubrió a su esposa con un trabajador. Los mató a ambos y… colgó sus cabezas en los barrotes de una ventana. Muchos aseguran que sus almas no descansan.
Reí, incómoda.
—¿Hablas en serio?
Jorge asintió.
—Los empleados del hotel lo saben. Pregunta si no me crees.
Más tarde, con el valor de la curiosidad, mencioné la historia a la camarera que ordenaba el patio.
—Sí, señorita —respondió con una voz nerviosa—. Aquí pasan cosas. Las sillas se mueven, las mecedoras crujen, y hay noches en que se oyen pasos. Nadie quiere dormir solo…
Esa noche dejé todas las luces encendidas. Los días que siguieron transcurrieron sin incidentes, pero el aire en la habitación 27 nunca dejó de sentirse espeso, como si algo invisible respirara justo al borde de mis sentidos.
Regresé a casa con una mezcla de alivio y preguntas sin respuestas. Y aunque nunca corroboré la historia, el recuerdo de esa noche sigue vivo en mi memoria.
Cuando la oscuridad es profunda y el viento murmura en las esquinas, a veces me pregunto si, realmente, estaba despierta… o si la sombra sigue esperando algún otro huésped en un rincón de habitación 27.
Desperté con un frío de cementerio
subiéndome por los tobillos,
como hiedra negra,
como manos sin carne
que buscaban latido.
Quise gritar
y la voz se me hizo piedra.
Algo trepaba despacio,
apretando mis piernas,
clavando su peso en mi pecho
como un general sin rostro
que todavía castiga.
Encendí la lámpara
con un gesto de náufraga.
La luz cayó
como un disparo blanco.
La habitación estaba vacía.
Vacía…
pero respirando.
Diario. Última noche en la habitación 27.
La luz estaba encendida.
La puerta cerrada.
Y aun así…
algo respiraba conmigo.
No volveré.
POEMA:Habitación 27
En el pasillo dormía
un caballo sin ojos.
La llave tenía sabor a hierro
y a luna mordida.
Veintisiete clavos de sombra
sostenían la puerta.
Yo entré
con mi maleta llena de luz
y un pañuelo de agua en la garganta.
Pero la habitación
no era habitación.
Era un pozo.
El aire tenía espinas.
Las paredes sudaban nombres
que nadie pronuncia.
En la madrugada
una hiedra fría
me trepó por los huesos.
No tenía rostro.
No tenía voz.
Solo peso.
Un peso de hierro
como el rencor de la tierra
cuando bebe sangre.
Encendí la lámpara.
La luz fue una Paloma blanca
cantando en el pecho de la noche.
Nada.
Pero la nada respiraba.
Dicen que en las ventanas
florecieron cabezas
como granadas abiertas.
Dicen que la culpa
no puede morir.
Yo no sé lo que vi.
Solo sé que el viento,
cuando pasa por mis tobillos,
me llama.
Y hay noches
en que siento
que la habitación veintisiete
sigue creciendo dentro de mí
como un jardín sin sol.
Desperté con un frío de cementerio
subiéndome por los tobillos,
como hiedra negra,
como manos sin carne
que buscaban latido.
Quise gritar
y la voz se me hizo piedra.
Algo trepaba despacio,
apretando mis piernas,
clavando su peso en mi pecho
como un general sin rostro
que todavía castiga.
Encendí la lámpara
con un gesto de náufraga.
La luz cayó
como un disparo blanco.
La habitación estaba vacía.
Vacía…
pero respirando.
© 2026 By La Princesa Oscura · Estados Unidos Mexicanos 🖤
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