Diciembre tiene para mí una manera distinta de llegar.

Mientras otros esperan sus luces, sus reuniones, las mesas llenas y el ruido de las celebraciones, yo comienzo a reconocer en el calendario algo que no está escrito con números, sino con nombres. Diciembre se convirtió, con los años, en el mes de las despedidas. En mi familia, demasiados seres queridos se fueron en este tiempo, dejando sus nombres y sus recuerdos ligados para siempre a este mes.

No sé en qué momento un mes puede dejar de ser solamente un mes. Supongo que ocurre cuando la vida comienza a llenarlo de recuerdos. Entonces diciembre ya no llega solamente con sus noches largas, sus celebraciones y sus reuniones familiares. Llega también con las voces que alguna vez estuvieron alrededor de nuestra mesa y que ahora solo regresan cuando alguien las nombra.

Mi madre se fue en diciembre. También se fueron tíos y otros seres queridos. Demasiadas despedidas para que este mes pueda pasar inadvertido ante mis ojos. Y aunque sé que la muerte no elige fechas ni obedece a calendarios, hay coincidencias que, cuando se repiten dentro de una familia, terminan adquiriendo un peso difícil de ignorar.

A fuerza de perder personas queridas en el mismo mes, uno comienza a preguntarse si diciembre es solamente diciembre o si nosotros mismos hemos terminado por cargarlo con todos nuestros temores.

Al principio uno cree que la muerte divide la vida en dos: lo que fue antes y lo que queda después. Con el tiempo comprende que no es exactamente así. Los muertos no desaparecen de una sola vez. Se van transformando dentro de nosotros. Primero son una ausencia que duele a cada instante; después, una fotografía que miramos con detenimiento; más tarde, una anécdota que alguien cuenta y que consigue arrancarnos una sonrisa. Hasta que un día descubrimos que siguen apareciendo en los lugares más inesperados de nuestra memoria.

No porque hayan vuelto, sino porque nunca terminaron de irse del todo de nuestra historia.

Quizá por eso diciembre me resulta tan extraño. Hay personas que ya no pueden recibir un abrazo, sentarse a cenar, hacer una llamada o preguntar cómo estamos; sin embargo, basta que alguien pronuncie su nombre para que durante unos segundos vuelvan a ocupar un lugar en la conversación, en la casa, en nosotros.

En las familias, la memoria tiene sus propias leyes. No conserva necesariamente lo más importante, sino aquello que consigue permanecer. A veces sobrevive una frase insignificante, una manera de reír, una costumbre, el modo de preparar alguna comida o una fotografía que nadie se atreve a guardar demasiado lejos.

Otras veces permanece un gesto tan pequeño que nadie más podría comprender por qué todavía nos conmueve.

He aprendido también que cada persona guarda una versión diferente de quienes se fueron. Para algunos fueron padres; para otros, hermanos, abuelos, hijos, tíos o amigos. Cada uno conserva una historia distinta porque nadie comparte exactamente la misma vida con otra persona.

Por eso la muerte no se lleva solamente a alguien. Deja innumerables recuerdos repartidos entre quienes tuvieron la fortuna de conocerlo.

Quizá esa sea una de las formas más silenciosas de la permanencia.

Hay ausencias que se vuelven más evidentes precisamente cuando la familia se reúne. Una silla que nadie ocupa. Un nombre que ya no aparece en la conversación. Una voz que la memoria reconstruye durante un instante y que, al terminar el recuerdo, vuelve a dejarnos frente a la realidad.

Y entonces comprendemos que las celebraciones también pueden tener tristeza.

No porque la alegría sea una falta de respeto hacia quienes murieron, sino porque la alegría familiar tiene memoria. Reímos y recordamos quién reía con nosotros. Encendemos las luces y recordamos a quienes alguna vez las vieron. Preparamos la mesa y, sin querer, pensamos en las manos que estuvieron ahí antes.

Pero existe algo más que diciembre ha dejado en mí y que me cuesta reconocer.

El miedo, la ausencia, la tristeza.

Tres palabras que para mí ya no son solamente palabras. Tienen nombres, rostros, recuerdos y fechas. El miedo a que diciembre vuelva a llevarse a alguien; la ausencia de quienes ya no están y cuya silla permanece vacía; y la tristeza que regresa, casi puntual, cuando el calendario vuelve a acercarse a esos días.

A veces pienso que no es diciembre lo que temo, sino todo aquello que diciembre ha llegado a significar para mí.

Cuando demasiadas pérdidas se concentran en una misma fecha, la razón puede decirnos que solo son coincidencias, pero el corazón no siempre se conforma con una explicación. Hay momentos en que una pregunta aparece sin haber sido invitada:

¿Quién será el siguiente?

Y algunas veces esa pregunta se vuelve todavía más inquietante:

¿Y si soy yo?

No sé si es una superstición, una consecuencia del duelo o simplemente esa extraña necesidad humana de encontrar un sentido ahí donde quizá solo existe el azar. No sé si las familias pueden heredar determinados temores de la misma manera que heredan fotografías, apellidos o historias.

Lo que sí sé es que diciembre ha conseguido instalar en mí una pregunta que otros meses no despiertan.

Y quizá lo más importante sea no permitir que esa pregunta se convierta en una condena.

Porque ninguno de nosotros conoce el día de su última Navidad, de su último abrazo, de su última conversación ni de su última mirada. La muerte no necesita diciembre para recordarnos que somos pasajeros. Pero diciembre, en mi historia familiar, ha elegido ser quien me lo recuerde con mayor insistencia.

Diciembre me ha enseñado que el duelo no siempre desaparece. Aprende a cambiar de lugar.

Con el tiempo, el dolor cambia. Ya no duele como al principio; se queda ahí, como parte de nuestra propia historia. Ya no lloramos cada vez que recordamos, pero tampoco dejamos de sentir. Hay nombres que el tiempo no borra; simplemente aprende a pronunciarlos de otra manera.

Por eso ahora intento mirar diciembre de otra forma.

No quiero pasar sus días esperando una nueva desgracia. No quiero convertir las pérdidas de quienes amo en una profecía para quienes todavía estamos aquí. No quiero que el miedo a la muerte termine robándome la vida que todavía tengo.

Si diciembre ha de llegar, quiero recibirlo recordando a quienes se fueron, sí, pero también mirando a quienes permanecen.

Quiero volver a celebrar.

Abrazar más, 

 

Decir a tiempo aquello que tantas veces dejamos para después.

Porque quizá esa sea la verdadera enseñanza que dejaron todas esas ausencias: que la vida no se mide únicamente por los años que alcanzamos a vivir, sino también por la manera en que habitamos los días que todavía nos pertenecen.

En mi familia, diciembre se llevó a muchos.

Pero también me enseñó algo que tardé años en comprender: mientras alguien sea recordado con amor, una parte de su historia continúa viviendo en quienes permanecemos aquí.

Y quizá eso sea lo único que la muerte nunca consigue llevarse por completo.

Por eso, cuando vuelva diciembre, estarán ellos.

Estarán sus nombres, sus fotografías, sus historias y todo aquello que dejaron en nosotros.

Y estaré yo.

Todavía aquí.

Sin saber qué traerá el próximo diciembre, pero sabiendo que este, mientras me encuentre viva, todavía tiene algo que ofrecerme:

la oportunidad de seguir escribiendo mi propia historia.

Hoy es agosto.

Diciembre todavía está a cuatro meses de distancia.

Cuatro meses que pueden parecer mucho tiempo, o apenas un suspiro cuando uno sabe que la vida no avisa cuándo decide cambiarlo todo.

Por ahora, diciembre todavía no llega.

Por ahora, sigo aquí. ❤️ 😊

 

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