Desde que aprendí a nombrar las cosas comprendí que las palabras nunca son inocentes. Una palabra puede abrir una puerta o cerrarla; acercar a dos personas o levantar entre ellas una muralla imposible de atravesar. Puede nacer como un grito y terminar convertida en caricia, o comenzar como una confesión y transformarse, según quién la escuche, en herida, consuelo o revelación.

Quizá por eso el lenguaje me ha parecido siempre uno de los grandes enigmas de nuestra existencia. Creemos utilizarlo para explicar el mundo, cuando muchas veces apenas conseguimos rodearlo con sonidos. Nombramos el amor sin conseguir apresarlo, hablamos de libertad sin ponernos de acuerdo sobre su verdadero significado y pronunciamos la palabra verdad mientras cada conciencia la contempla desde un lugar diferente.

Las palabras tienen esa extraña capacidad de contener opuestos. Una misma expresión puede despertar esperanza en alguien y temor en otro. Hay silencios que dicen más que una conversación entera y discursos interminables que, después de muchas frases, no han conseguido comunicar absolutamente nada.

Con el tiempo descubrí que no basta con saber hablar. También es necesario aprender a escuchar aquello que permanece detrás de lo dicho. El tono, la pausa, la mirada, la respiración y hasta la ausencia de una respuesta participan en ese territorio misterioso donde la comunicación deja de ser solamente lenguaje.

Escribir me permitió descubrir otra dimensión. Mientras la conversación desaparece apenas pronunciamos una frase, la escritura permanece, vuelve sobre nosotros y nos obliga a mirar nuevamente aquello que creíamos comprender. Una página puede convertirse en espejo, pero también en interrogatorio. Nos pregunta qué pensamos, por qué lo pensamos y cuánto de nuestras certezas pertenece realmente a nosotros.

Quizá escribimos porque necesitamos poner cierto orden en el desorden interior. No necesariamente para encontrar respuestas, sino para formular mejor las preguntas. Hay interrogantes que nos acompañan durante años y que jamás llegan a resolverse; sin embargo, aprender a convivir con ellos puede ser una forma de conocimiento.

También descubrí que el exceso de palabras puede alejarnos de nosotros mismos. Hay momentos en que hablar demasiado no significa comunicar más, sino esconder aquello que verdaderamente importa. La abundancia verbal puede convertirse en una cortina detrás de la cual desaparecen la sinceridad, la reflexión y hasta la capacidad de escuchar.

Por eso el silencio no es necesariamente ausencia. A veces es presencia en su estado más profundo. El silencio permite que una idea madure, que una emoción encuentre su nombre y que una verdad, todavía incompleta, pueda acercarse lentamente a la conciencia.

Vivimos intentando clasificarlo todo: lo correcto y lo equivocado, lo luminoso y lo difícil, lo verdadero y lo falso. Pero la existencia rara vez acepta fronteras tan precisas. Somos contradicción, memoria, deseo, temor, intuición y experiencia. Avanzamos creyendo tener un rumbo y, de pronto, una pregunta basta para demostrarnos que todavía desconocemos el territorio que habitamos.

Tal vez esa sea la grandeza del lenguaje: no resolver el misterio, sino permitirnos entrar en él.

Cada palabra que pronunciamos revela algo de nosotros, incluso cuando intentamos ocultarlo. Cada página escrita conserva una parte de nuestra mirada sobre el mundo. Y cada silencio puede guardar aquello que todavía no encontramos la manera de decir.

Por eso sigo creyendo en la palabra, pero también en su contrario.

Creo en lo que se dice, en lo que se escribe y, sobre todo, en aquello que permanece suspendido entre una frase y otra.

Porque quizá, cuando las palabras finalmente se quedan quietas, comienza a escucharse lo que realmente queríamos decir.

 

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